No lloraré en mi nueva casa, no lo haré.
Porque cuando lo hice por primera vez en la vieja, apoyado en el pasillo, esa imagen se quedó grabada en la pared y ya no se borro.
Porque cuando iba a la cocina pasaba junto a esa imagen que seguía apoyada sobre el codo izquierdo tapándose la cara con el brazo y seguía llorando de pié donde yo la deje.
Porque las otras veces volvía al mismo sitio a llorar y ese pasillo se quedó manchado de tristeza y ya no se borró.
Porque luego supe que no se no puede detener esa asociación entre el lugar y el recuerdo.
Así que cuando tenga que llorar lo haré fuera de mi casa, para no tener que cruzarme de nuevo con una imagen mía llorando en este pasillo o tumbada en este sofá.
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